
Fue culpa de Kipling. Mejor dicho, de la venta de los derechos de "Kim" de Rudyar Kipling a una editorial barcelonesa por una suma ridícula incluso para la época, 75 libras esterlinas, allá a finales de los 50 o primeros 60.
La operación comportaba la venta indefinida de los derechos en castellano para cualquier país del mundo. La, por entonces, recién establecida agente literaria Carmen Balcells entendió que aquello era un abuso hacia el autor.
En los años siguientes, Balcells y el abogado barcelonés Molas crearon un nuevo marco para las relaciones autor y editor. Establecieron límites geográficos y temporales que permitieron a muchos escritores escapar de las estrecheces económicas o del pluriempleo. El modelo se exportó al resto del mundo.
Entre sus clientes figuran -o han figurado- autores de la talla de Vargas Llosa, García Márquez, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Isabel Allende -el boom latinoamericano fue, en el fondo, una maravillosa operación de Balcells-, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Vicente Aleixandre, Torrente Ballester, García Márquez y Ana M.ª Matute.
Casi nada al aparato.
Además, fue una de las fundadoras de una empresa de servicios editoriales que, con el tiempo, se convertía en uno de los grandes grupos españoles. Ella es la B de RBA -empresa que dejó cuando pasó a la órbita de Planeta allá en los 90-.
Naturalmente, y como corresponde a una persona de éxito, tiene también su -digamos- lado oscuro, pero eso será un tema para otro día.
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