lunes, 22 de agosto de 2011

¿Nos cargamos las palabras poco usadas?


Cada nueva edición del diccionario de la Real Academia Española suele llevar aparejada una discusión sobre las nuevas palabras que se incorporan.

En Gran Bretaña, sin academia oficial, los notarios del idioma son los diccionarios de prestigio. Y la discusión no va dirigida hacia los términos que se incorporan -los angloparlantes son los reyes de los neologismos- sino hacia los que se eliminan.

Ayer, en un artículo de The Guardian, se anunciaba que el nuevo Collins, que saldrá a la venta en octubre, ya no incorporará algunas palabras en desuso.

La decisión causa controversia puesto que las consultas al diccionario pueden referirse tanto al lenguaje actual como al de hace un siglo.

Los editores de Collins parece que apuestan por eliminar las palabras obsoletas en los diccionarios de bolsillo, básicamente usados por estudiantes y extranjeros, y mantenerlas en los tomos grandes, mucho más académicos.

Samuel Johnson, el padre del diccionario más importante de la lengua inglesa, de 1755, descartó la propuesta de creación de una Academia de la Lengua al estilo de la española o de la francesa. Consideraba que no era democrático quitar a los usuarios el control de su propia lengua, un organismo vivo que debe evolucionar al ritmo de la sociedad y no de los deseos de un grupo de estudiosos.

La decisión de Collins llega en un momento en el que se ha abierto un debate internacional sobre el lenguaje en la novela: ¿Debemos empobrecerlo para que llegue a un sector más amplio del público?

Umberto Eco parece que ha optado por esta vía en una nueva edición revisada de El nombre de la rosa.

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