Desde hace unos
años y, en especial, a raíz de la llamada primavera
árabe y del 15 M español, hablamos de la supuesta fuerza democratizadora de las redes
sociales y de su capacidad de movilización. Un interesante ensayo viene a echar un jarro de
agua fría en esta cuestión.
El desengaño de
internet
(Destino) debería ser de lectura obligatoria para periodistas y políticos. Y para
cualquiera que esté interesado en los cambios sociales que propician las nuevas
tecnologías.
Se trata de un
trabajo brillante y valiente de Evgeny
Morozov, profesor en varias universidades, analista y columnista en algunos
de los periódicos más influyentes del mundo.
Resulta imposible
resumir la cantidad de ideas, análisis y retos que nos lanza. Maneja, además, cifras
que sorprenden, siempre contrastadas y bien identificadas; nada de afirmaciones
por la cara y para la galería.
Frente a los optimistas que
llama ciberutópicos –él mismo lo fue
durante un tiempo–, Morozov
cuestiona la presunta capacidad democratizadora y modernizadora de herramientas como Facebook o
Twitter. Pese a la supuesta fuerza que tienen los smartphones en las calles, sostiene, los regímenes dictatoriales de China o
Irán siguen inamovibles.
Es más, sus gobiernos están usando el potencial de Internet para convertir
la red en un gigantesco Gran Hermano con el que acabarán estrangulando las
voces disidentes.
De forma directa o indirecta, continúa el autor, los gobiernos
y
las multinacionales potencian los usos lúdicos de Internet frente a los
educativos o los políticos. Son más rentables y mucho menos
problemáticos.
Morozov bromea cuando señala que, en
Rusia, las búsquedas en Google de “¿qué es democracia?” o “¿cómo defender los derechos
humanos?” son ridículas comparadas con “¿qué es amor?” o “¿cómo perder peso?”.
Los datos que
aporta sobre el control de la disidencia, vía Internet, te ponen los pelos de
punta y te indignan a parte iguales.
Te ponen los pelos
de punta porque las posibilidades de control sobre el ciudadano son casi infinitas, y eso que
estamos aún en las primeras etapas del desarrollo de las redes. Y te indigna,
porque los cerebros, las empresas y las universidades más destacadas de
occidente colaboran con las dictaduras sin ningún rubor. Poderoso caballero es don
Dinero.
Un ejemplo
espectacular y deprimente: la Universidad de California, con financiación china, ha
desarrollado un sistema que convierte
las imágenes en textos. Dicho de otra manera, el programa es capaz de
describir las imágenes con palabras. Así, la policía no
necesita destinar horas y
efectivos a revisar grabaciones, basta con teclear “reunión de personas
en la
calle” –por decir algo sencillito– para que aparezca un listado con
todas las imágenes que
contienen esa descripción.
Diabólico.
Diabólico.
Y ya lo han puesto
en acción. En la ciudad de
Xinjiang, famosa por sus algaradas, el gobierno chino ha instalado 47.000 –repito ¡47.000!– cámaras vigilando las calles y a los viandantes.
Dos ejemplos más que
rompen unas ideas tan estereotipadas como falsas, según Morozov.
Uno. Que la
población de un país totalitario acceda a imágenes o medios de comunicación de
países democráticos no implica que vaya a dar un paso más y exija disfrutar de esa vida privilegiada.
De hecho, tras desclasificar documentos de la Stasi –los servicios secretos de la extinta
RDA– se comprobó que las zonas más críticas con el gobierno comunista alemán eran...
¡las que no recibían la señal de la televisión occidental!
Dos. Internet no
fomenta el mestizaje y el intercambio global de culturas o como quieran ustedes
llamarlo. Y menos aún tiene una función integradora. Los estudios más sesudos
demuestran lo contrario. Sólo las élites se entregan al juego global; para los
trabajadores emigrantes es una manera barata de seguir inmersos en sus culturas originarias: leen
la prensa de su país, ven la televisión de su país y siguen relacionándose casi en exclusiva con
sus compatriotas. ¿Quién necesita integrarse en esas condiciones?
A pesar de
ser un libro complejo por la información y las cuestiones que toca, El desengaño de internet se devora y
se disfruta como una buena novela.

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