lunes, 9 de julio de 2012

Lectura... "El desengaño de Internet", de Evgeny Morozov

Desde hace unos años y, en especial, a raíz de la llamada primavera árabe y del 15 M español, hablamos de la supuesta fuerza democratizadora de las redes sociales y de su capacidad de movilización. Un interesante ensayo viene a echar un jarro de agua fría en esta cuestión.

El desengaño de internet (Destino) debería ser de lectura obligatoria para periodistas y políticos. Y para cualquiera que esté interesado en los cambios sociales que propician las nuevas tecnologías.

Se trata de un trabajo brillante y valiente de Evgeny Morozov, profesor en varias universidades, analista y columnista en algunos de los periódicos más influyentes del mundo.

Resulta imposible resumir la cantidad de ideas, análisis y retos que nos lanza. Maneja, además, cifras que sorprenden, siempre contrastadas y bien identificadas; nada de afirmaciones por la cara y para la galería.

Frente a los optimistas que llama ciberutópicos –él mismo lo fue durante un tiempo–, Morozov cuestiona la presunta capacidad democratizadora y modernizadora de herramientas como Facebook o Twitter. Pese a la supuesta fuerza que tienen los smartphones en las calles, sostiene, los regímenes dictatoriales de China o Irán siguen inamovibles.

Es más, sus gobiernos están usando el potencial de Internet para convertir la red en un gigantesco Gran Hermano con el que acabarán estrangulando las voces disidentes. 

De forma directa o indirecta, continúa el autor, los gobiernos y las multinacionales potencian los usos lúdicos de Internet frente a los educativos o los políticos. Son más rentables y mucho menos problemáticos.

Morozov bromea cuando señala que, en Rusia, las búsquedas en Google de “¿qué es democracia?” o “¿cómo defender los derechos humanos?” son ridículas comparadas con “¿qué es amor?” o “¿cómo perder peso?”.

Los datos que aporta sobre el control de la disidencia, vía Internet, te ponen los pelos de punta y te indignan a parte iguales.

Te ponen los pelos de punta porque las posibilidades de control sobre el ciudadano son casi infinitas, y eso que estamos aún en las primeras etapas del desarrollo de las redes. Y te indigna, porque los cerebros, las empresas y las universidades más destacadas de occidente colaboran con las dictaduras sin ningún rubor. Poderoso caballero es don Dinero.

Un ejemplo espectacular y deprimente: la Universidad de California, con financiación china, ha desarrollado un sistema que convierte las imágenes en textos. Dicho de otra manera, el programa es capaz de describir las imágenes con palabras. Así, la policía no necesita destinar horas y efectivos a revisar grabaciones, basta con teclear “reunión de personas en la calle” –por decir algo sencillito– para que aparezca un listado con todas las imágenes que contienen esa descripción. 

Diabólico.

Y ya lo han puesto en acción. En la ciudad de Xinjiang, famosa por sus algaradas, el gobierno chino ha instalado 47.000 –repito ¡47.000!– cámaras vigilando las calles y a los viandantes.
 
Dos ejemplos más que rompen unas ideas tan estereotipadas como falsas, según Morozov.

Uno. Que la población de un país totalitario acceda a imágenes o medios de comunicación de países democráticos no implica que vaya a dar un paso más y exija disfrutar de esa vida privilegiada. De hecho, tras desclasificar documentos de la Stasi los servicios secretos de la extinta RDA se comprobó que las zonas más críticas con el gobierno comunista alemán eran... ¡las que no recibían la señal de la televisión occidental!

Dos. Internet no fomenta el mestizaje y el intercambio global de culturas o como quieran ustedes llamarlo. Y menos aún tiene una función integradora. Los estudios más sesudos demuestran lo contrario. Sólo las élites se entregan al juego global; para los trabajadores emigrantes es una manera barata de seguir inmersos en sus culturas originarias: leen la prensa de su país, ven la televisión de su país y siguen relacionándose casi en exclusiva con sus compatriotas. ¿Quién necesita integrarse en esas condiciones?

A pesar de ser un libro complejo por la información y las cuestiones que toca,  El desengaño de internet se devora y se disfruta como una buena novela.

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