En el programa usamos como prólogo a este libro las Nanas de la cebolla, en la voz de Joan Manuel Serrat.
Si convenimos que el meollo argumental de una novela negra está escondido en el corazón de una cebolla –insisto, es una metáfora–, los clásicos del género llegan a él cortándola con un cuchillo. ¡Zas! con la precisión de buen cocinero -James Elroy a lo mejor le pega un martillazo-.
En cambio, en Muerte en verano (Alfaguara), Benjamin Black va pelando la cebolla por capas, quitando una tras otra, de forma que parece que no avanzas pero cada vez te acercas más al corazón.
Ese ritmo contenido, que no lento, está lleno de elegancia y lirismo, con una prosa muy cuidada. Hay metáforas brillantes, descripciones llenas de luz y juegos de palabras inteligentes.
Y eso, sin renunciar a los cánones del género: hay un muerto bien muerto –un empresario de prensa al que le vuelan la cabeza en un falso suicidio– y un grupo de sospechosos que incluye a la viuda no muy afligida y a un rival de los medios.
Al fondo, de una forma sutil pero constante, se yergue la silueta de un orfanato y de un escándalo real que sacudió la vida pública irlandesa no hace mucho tiempo.
Al fondo, de una forma sutil pero constante, se yergue la silueta de un orfanato y de un escándalo real que sacudió la vida pública irlandesa no hace mucho tiempo.
Muerte en verano es la quinta novela de la serie protagonizada por el forense Quirk y el inspector Hackett. Alfaguara ha publicado también las cuatro anteriores. No hay problema si no las ha leído, no es imprescindible; el autor llena bien las posibles lagunas y hace las referencias justas a los casos pasados.
La novela está situada en el Dublín de la década de 1950. Una época muy dura en la isla. Black es capaz de transmitir esa sensación, apenas hay algún momento de alegría o de felicidad en el relato, construido en tercera persona y con cambios en el punto de vista.
Benjamin Black es el seudónimo de uno de los mejores escritores en lengua inglesa de los últimos años: el irlandés John Banville, premio Booker en 2005 con El mar (Anagrama, 2007).
La novela no aporta ninguna novedad argumental al género, ni es especialmente sorprendente –incluso puede llegar a impacientar a los partidarios de la acción– pero posee una escritura muy bella. La forma, en este caso, supera con creces al contenido.

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